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¿Qué debemos esperar de la escuela?

Para responder esta pregunta es necesario formular otra: ¿cuál es la meta de la educación? La meta de la educación, dijo Piaget, es crear hombres capaces de descubrir y de inventar, y no simplemente de repetir lo que han hecho las generaciones anteriores. Desafortunadamente no es esto lo que ocurre en la escuela.

La mayoría de las escuelas ponen un excesivo énfasis en el aspecto verbal de la enseñanza, esto es, en la mera transmisión de conocimientos e informa-ción ya establecidos; pero, como todos sabemos, actualmente los conocimientos se renuevan día a día y lo individuos o las socie-dades que ingenuamente están esperando que les llegue la ciencia y la tecnología que se genera en otros países, inevitablemente irán a la zaga y depen-derán cada vez más del exterior.


Una buena escuela, entonces, es la que desarrolla el espíritu de investigación y de búsqueda, el deseo de explorar y de descubrir. La comprensión y la invención son dos capacidades que en el hombre alcanzan su máxima expresión y debe desarrollarlas la escuela.


"La principal meta de la educación es crear hombres capaces de hacer cosas nuevas y no simplemente capaces de repetir lo que han dicho otras generaciones: hombres creadores, inventores y descubridores. La segunda meta de la educación es formar mentes que puedan ser críticas, que puedan verificar y no aceptar todo lo que se les ofrece. El gran peligro de hoy son las consignas, las opiniones colectivas, las corrientes de pensamiento hechas de medida. Debemos estar en condiciones de resistir individualmente, de criticar, de distinguir entre lo probado y lo que no ha sido comprobado. Por ello necesitamos alumnos activos, que puedan aprender pronto a descubrir por sí mismos, en parte mediante su actividad espontánea y en parte por medio de materiales que proporcionamos; que aprendan pronto a determinar qué es verificable y qué es lo primero que se les viene a la mente". (Esta cita de Jean Piaget aparece en la página 5 del informe de las conferencias dictadas por él en la Universidad de Cornell y en la Universidad de California).

Preparar para la democracia es otra meta fundamental que debe perseguir la escuela; y esta sólo se alcanzará desarrollando individuos inteligentes.

Una buena escuela promoverá el desarrollo integral de sus alumnos: físico, emocional, intelectual, social y moral.
Una buena escuela conoce la psicología del niño, pone énfasis en el desarrollo humano y comprende las crisis y los problemas existenciales de los pequeños. Recomiendan los expertos de la UNICEF: <<Debe haber un mayor entendimiento de la conexión entre escolarización y salud mental. Los niños que sienten que fracasan en la escuela tienden a desarrollar problemas de comportamiento. La escuela debe ser un lugar donde todos los niños sientan que pueden aprender y realizarse con éxito sin importar sus capacidades. Los maestros deben estar entrenados para entender las reacciones emocionales y los problemas de conducta de los niños, para que puedan tomar parte en el desarrollo y promoción de su salud mental>>. Confianza y comprensión necesitan los niños, lo demás vendrá por añadidura.

Sin duda alguna en el pasado fuimos los opresores inconscientes de esta nueva semilla que brota pura y cargada de energía. Y nos hemos impuesto a ella sin recoger las necesidades de su expansión espiritual. Así, el niño se ha mantenido casi totalmente oculto -o en gran parte opacado- por este egoísmo inconsciente del adulto. No sería muy bien recibido, supongo, que yo dijera que con frecuencia el adulto se convierte en un obstáculo más que en una ayuda para el desarrollo del niño. Nos es sumamente difícil aceptar la declaración de que, muy a menudo, es nuestro excesivo cuidado del niño el que impide el ejercicio de sus actividades, y por consiguiente la expansión de su propia personalidad.

Así sucede que cuando nosotros, con las mejores intenciones y con el más sincero deseo de ayudar, hacemos todo por el niño -cuando lo lavamos, lo alzamos y lo ponemos en una silla, cuando lo alimentamos y lo ponemos en esa especie de jaula que llamamos cuna-; al prestarle todas esas ayudas inútiles en realidad no lo ayudamos sino que lo estorbamos.

Y después, volvemos a cometer el mismo error -ante el joven o la muchacha- cuando, aún aferrados a la creencia de que no pueden aprender nada sin nuestra ayuda, lo retacamos de alimentación intelectual, lo clavamos a los bancos de la escuela para que no se pueda mover, hacemos todos los esfuerzos para sacar de raíz sus defectos morales, aplastamos o rompemos sus deseos, seguros en nuestra creencia de que así estamos actuando en su máxima bienestar. Y así proseguimos indefinidamente; y a esto lo llamamos educación.

María Montessori.

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